De operaciones y obsesiones

Septiembre 25, 2007

Por Julio Zoppi

[La noche del miércoles pasado, en el programa de Alejandro Horowicz “60 watts en la cultura”, hice una especie de columna en relación al libro “La operación Masotta” de Carlos Correas. Este es el “crudo” de la especie de gran resumen Lerú que elaboré a modo de anotador mientras leía el libro, pasando en limpio y ampliando las cosas que escribí en los márgenes.]

La Operación Masotta

Para una industria literaria muy afecta a los redescubrimientos, Correas tiene todo para convertirse en un buen modelo: vida privada atractiva para los amantes del fisgoneo sobre temas como la sexualidad -que todavía parece no incorporarse con naturalidad al diccionario público-, a punto de seguir despertando ese interés excesivo por las cuestiones que todavía –llamativamente- se presumen inconfesables, hasta un final con un suicidio cruento. Pero su reedición hace justicia a un texto que entrega -en un mismo nivel de abundancia-, la contundente impiedad de la crítica corrosiva sin ser desaforadamente agresivo, y el de una prosa ensayística tan inteligente como desfachatada.

¿Qué puede llevar a un intelectual a escribir un libro para criticar tan ácidamente a otro, pero al mismo tiempo dejar expuesta cierta intención de homenaje desde el afecto? Correas aprovecha la biografía para escribir sobre sus propias obsesiones y pasiones (el título que yo le pondría al libro es: “Mi obsesión Masotta”), ensayo casi autobiográfico, desde el momento que Masotta no es un biografiado normal, sino leiv-motiv emocional/intelectual del propio Correas. De ahí el desmesurado interés por vida y obra, como también la extrema virulencia de críticas que -al mismo tiempo y permanentemente-, juegan con una admiración idílica. Correas pone en claro esto desde el vamos: al decir que Masotta “es mi hombre”, alguien –en varios sentidos- a quien no se pudo quitar de la mente.

Hay indicios de que lo que anima a Correas a escribir este libro son pasiones como el odio, el despecho y el resentimiento personal, crecidas en el seno de unas viscosas fronteras endogámicas. Pero también queda claro que están presentes encarnizadas reservas respecto a las actitudes intelectuales y hasta políticas del biografiado. Ambas vertientes rondarán en todo el desarrollo del libro.

Llama la atención cómo Correas ejerce la mirada crítica de prácticamente toda la obra del autor-referente en 150 páginas. Quedan pocos artículos, textos, libros o ponencias de Masotta que Correas no diseccione de alguna manera. La biografía intelectual de Masotta así se convierte en historiografía crítica de su producción, una especie de “breve crítica de las obras completas de Masotta”, sin el concepto de completad establecido. Pero el libro se plantea antes que nada como ajuste de cuentas múltiple: de Correas con Masotta, y con sus propias frustaciones.

La estructura cronológica del ensayo facilita el recorrido:

Los 50

El autor recuerda las andanzas de juventud del trío que conformaban Sebreli-Masotta-Correas. Días de existencialismo sartreano, marxismo y posicionamiento de muchachos inteligentes que sueñan con ser escritores y “no venderse a los hijos de puta”. Desde el marxismo, una vuelta de tuerca que permite el acercamiento -al menos en la simpatía-, a un peronismo muy rechazado, en lo que es en realidad una especie de anti-antiperonismo. Luego, hay una significativa reproducción de una carta de Masotta hacia él, donde le reprocha su renuencia a comprometerse en participar de las publicaciones del MOC con Puigrós. Este reproche adquiere visos de ironía ya que, a lo largo de libro y en sus conclusiones, Correas le achacará a Masotta la huida del compromiso político y el intento de mantener una configuración como “marxista teórico”, casi cosa snob.

Del ‘55 al ’60, Masotta hace crítica literaria de autores nacionales “burgueses” ( Lugones, Ocampo, M. Estrada) y el trabajo sobre Arlt -celebrado a la postre por Correas como el más representativo de este Masotta todavía “rescatado”-, se mete a favor de Sartre contra Merlau-Ponty.

Los ‘60

Aquí, Correas comienza a delinear la brutal critica del derrotero de Masotta -“su quiebre mental”-, y la operación que lo llevará al status final de transcriptor en habla hispana de Lacan. Analiza críticamente ciertas polémicas filosóficas (como en “cristianismo, catolicismo, marxismo”), poniéndolo en el lugar de “desvariante especulativo”, heterodoxo, luchando contra gente de academia. Masotta abandona a Sartre con la “Crítica de la razón dialéctica”, y entra en sintonía con lo emergente; ahora Merlau-Ponty destrona a Sartre y es el puente hacia el “moderno” eje estructuralista: Levi Strauss / Saussure / Jacobson / Barthes / Althusser y su relectura estructuralista de Marx…. Hay una postura de no abandonar el marxismo, pero superado Sartre, ahora es el turno de buscar en las estructuras. De la filosofía a las ciencias humanas, el marxismo puede ser cuestión “teórica”, o de “praxis teórica” como dice Althusser. Paralelamente Masotta obra en torno al Instituto Di Tella en relación principalmente al “Arte Contemporáneo” y sus prácticas. Ya se perfila el rol de maestro transcriptor del Maestro Lacan.

Los ‘70

Pasando revista a trabajos y eventos como el “transmisor” (exegeta) de Lacan, Correas destroza a Masotta y a su “Freud por Lacan”; pero no alcanza del mismo modo a Lacan. A primera vista pareciera inevitable -y de hecho creo que lo es-, como el mismo Correas lo expone nítidamente en el libro: Masotta es sólo un medium propalador de Lacan, habla por (y en nombre) de Lacan, por tanto toda critica al segundo sería extensible al primero, y muchas de las objeciones brutales de Correas -a diferentes eventos del discurso Masotiano; dificultad, gravedad, vaguedad, oscuridad, gratuidad, artificiosidad, intriga, etc.-, son operaciones que el propio Lacan ha instituido como esencias de la estrategia de comunicación de su teoría y, por tanto, es inevitable proyectarlas como criticas a ésta. Sin embargo, Correas cuida con discreta astucia no meterse con Lacan en sí mismo, en primera instancia por un insuficiente conocimiento de su obra. Logra, además, delimitar el foco del ataque en tanto se concentra en las actitudes,  motivaciones y formas que adopta Masotta en la tarea de promotor-profeta “obediente” -y absolutamente subyugado- a ese Saber: la deificacion de Lacan que lo convierte a él en profeta de un Sabor elusivo (a la vez difícil), en el cual esa misma posición inaprensible pareciera diseñada ex profeso para poner en el lugar de máxima indefensión al alumnado.

Concluyendo

-Finalmente, a modo de conclusión, Correas pasa revista a la “operación” y desgrana agudas observaciones, tanto en lo personal como en lo intelectual, con cierto registro culposo por el encarnizado libro que está acabando de escribir. Se pregunta sino ha contribuido a una nueva muerte del amigo.

-Es evidente que Correas ha sufrido la carrera de Masotta desde un resentimiento frente a la propia situación personal basada en la docencia universitaria, y hace carne un halo de frustración. Queda expuesto el eterno tema del intelectual y la inserción: cómo el intelectual que parte de un deseo de independencia del sistema es devorado por él, tanto por las fuerzas que gobiernan el acceso a la subsistencia orgánica-salarial, como por las que asignan los lugares posibles del reconocimiento social.

-Las tribulaciones del intelectual pueden ser caleidoscópicas, pero caen en un embudo doméstico: el escritor debe aprender a dejar la rebeldía de lado y hacerse cargo de su condición burguesa, sino es por aceptación es por necesario sometimiento a la realidad: el éxito, hacerse de un nombre, se contrapone a las oscuras opciones sustitutas vividas como consuelo. La docencia, el ostracismo de prolijidad académica por un salario, la escritura de minoría, son formas de rendirse ante el sistema. Ese prestar “servicio burgués obligatorio” para resolver la subsistencia, reconoce la insignificancia material de los sueños y las enjundias frente a lo irreversible de urgencias orgánicas para la supervivencia. A diferencia de la vieja colimba, este servicio burgués obligatorio no dura un año, sino toda la vida.

-Es notable como persigue y expone con crudeza lo que para él es una clara operación de posicionamiento de Masotta para convertirse en un marketinero intelectual, a expensas de tribus hambrientas de figuración, sin demasiado interés en explorar las verdades sino más bien ansiosas de que se les proporcione conocimiento revelado, que les permita sentirse parte de una tribu enamorada del rito de iniciación.

-Correas destaca de Masota tanto el coraje como la inteligencia, a la vez que no puede quitar ese halo de lamento por sentirla desaprovechada y malograda. Por lo que pudo ser y no fue: como cuando fantasea sobre si hubiera nacido en Nueva York alejado de las malas compañías (la onda del Di Tella, donde primaba cierta muy burguesa frivolidad intelectual de cancheros, a las que les adjudica buen aparte del subyugamiento de Masotta en ese mundo efímero).

-Al expresar que no era “ni honrado ni austero”, expone varias de sus actitudes al borde del chantismo intelectual, como la no-lectura de libros sobre los que escribía ciertos análisis. Señala, con la categoría del provincianismo, la relación entre un Saber Central y un No-Saber periférico. Es interesante, más allá de discutir si las imputaciones que Correas rocía con una manguera a presión sobre Masotta sean exageradas, reconocer un fenómeno que no ha cesado en la historia de Latinoamérica: la importación intelectual. Las ideas se traen de Europa con el sello de los grandes centros de prestigio cultural como Francia, Alemania, y su distribución se protege como el botín que garantiza cierto poder inédito. Y es cierto que cierta intelectualidad Argentina cae demasiado fácil en la tentación de posicionarse como el representante, distribuidor exclusivo, de un saber que viene empaquetado, detrás del cual se puede fabricar cierta estructura de seducción. No se trata de soñar como fabricante del pensamiento propio, sino que el estrellato está a la vuelta de la esquina con sólo ser el importador exclusivo que nos saque del retraso.

-Correas, desde su confesa postura escéptica respecto al psiconálisis, “…..una de las dos mayores mitologías del siglo XX…..”, lamenta que Masotta se “lo haya tomado en serio”. Esa fascinación por la forma intelectual que lleva a “comprar” lo que “vende”. Lacan dándolo por cierto, y que a su vez le sirve para repetir verticalmente esa operación en Argentina, con el público intelectual que como él no se sustrae a este influjo.

-Deja ver que a Masotta algunas cosas lo ubicaban “out system”: autodidacta, heterodoxo, no-académico, libre y loco. Y otras lo situaban “in system”: susceptible a una posición provincianista, mero “profeta” de un Saber, formalista, idealista, snob, pop, dandy, artificial, en fin, superfluo.

¿El libro es un ajuste de cuentas por el amor frustrado? ¿Un despecho tal vez? Masotta parece ser el hombre de su vida, y sólo Correas sabía lo que eso significaba. Pero afirma que el alejamiento de Masotta se debe al acercamiento a las mujeres, y al abandono paulatino de la homosexualidad. Cabría preguntarse sino es posible invertir la cuestión, dado todos los indicios que desparrama en el libro acerca de una relación que deseó y no pudo ser.

Considerando que Correas cometió suicidio unos años después de escribir este libro, me pregunto: ¿será que en ciertos estadios de la experiencia venenosa de vida acumulada, las cuentas pendientes son las que nos mantienen vivos? Ajustarlas, aunque sea mediante unas páginas, puede que quite la última razón para no comerse la propia ponzoña.

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